jueves, 13 de mayo de 2010

Crónica de la primera etapa, mares de arena


Primer día. Primera hora. Un helicóptero nos sobrevuela rasante y concéntrico, como un buitre leonado. Algunos saludan a la cámara de la televisión que asoma por la ventanilla del copiloto. Será el único momento del día en que nos pase sobre las cabezas a los que vamos por la parte trasera de la comitiva. Estamos de suerte. La noticia va delante. Nosotros a lo nuestro, a disfrutar del desierto.

La etapa comienza con nervios, claro. Y con arena. Es la primera vez que Alfonso se interna en un erg. Qué pena vivir la experiencia así, rodeado de gente, con prisas, camino de un punto de control en mitad de las pequeñas dunas. Pero esto es una carrera, al menos para unos cuantos, y hay que guardar las apariencias y apretar los dientes para no ceder metros entre tu rueda delantera y la trasera del que te precede.

Nos esperan unos 100 km de caminos pedregosos y arenosos, con unos 460 metros de desnivel positivo acumulado. Parecía una etapa de transición, un mero trámite, algo que se pudiese cubrir casi sin pestañear. Pero no. En las dunas pasamos casi 50 minutos. Y luego descubrimos que los caminos (totalmente flechados) no eran autopistas de tierra prensada ni eran tan llanos como uno desearía. La Titan Desert es así. En la tele, cuando ves a los Heras & Co. rodando a 35 km/h por caminos polvorientos, te dejas engañar por las apariencias. Estos chicos exprofesionales literalmente vuelan bajo. Parece que el camino no tenga ni piedras ni boquetes, pero en realidad hay un millón de pedrolos por kilómetro cuadrado. A veces, al verlo en la televisión parece que siempre sea llano, o bajada, o que van en una de esas bicicletas eléctricas en las que solo hay que dar 3 o 4 pedaladas y luego ya arranca el motor eléctrico y sales disparado.

El tandem solo vuela en las bajadas. En el llano pide el plato grande, pero en subida se clava al suelo como un asno en huelga. Yo intento ejercer de zanahoria, alentándole a avanzar un poco más, pero es de un terquedad imbatible.

Más allá de las dunas empieza el rodar rápido del tandem. Parece que Alfonso y Serafín están ansiosos por recuperar el tiempo empleado en el arenal y subir un poco la media. En llano debo exprimirme para abrir hueco en el viento lateral durante un par de horas. Luego empieza a dar por detrás. Yo me alegro. Alfonso se queja. “Prefiero el viento de cara porque refresca”, alega. Yo casi me caigo de la bicicleta al oírle. Pero la verdad es que hace un calor...

Los llanos se suceden pero quedan rotos por oueds pedregosos y arenales sorpresa que sacan de quicio a quien no haya pedaleado nunca por el desierto. “Así no hay manera de avanzar”, se desespera Alfonso, que tiene los ojos llenos de una mezcla de sudor, crema solar y lágrimas del escozor.

De vez en cuando les pregunto qué tal va el tandem. De vez en cuando me responden sinceramente, pero casi siempre mienten: “Bueno... Va bien, excepto cuando nos quedamos clavados en la arena y las calas no salen...”. Ya se han caído varias veces. Yo intento marcarles pasos ideales cuando el camino está impracticable, pero no siempre acierto. Casi siempre se levantan con paciencia, se dan ánimos el uno al otro y vuelven a montar. Otras veces explota la rabia que llevan dentro. Suerte que son buena gente y, sobre todo, buenos amigos.

El punto de inflexión tiene lugar poco después, cuando rodamos en paralelo. De repente, Alfonso se detiene gritando agitadísimo: “¡Ya está! ¡He perdido el pedal!”. Es lo que temíamos desde hacía horas. Al roscar los pedales del revés existe el riesgo de que se aflojen durante el pedaleo y acaben saliéndose.


En la foto, el pedal cuando se rompió poco más tarde, a 30 km de la línea de meta

Alfonso frena de golpe, se baja de la bicicleta maldiciendo y sale caminando de espaldas a nosotros, canalizando su enfado e impotencia, agitando los brazos, encorvado, mirando hacia el suelo y haciendo aspavientos como un espantapájaros.

Yo le miro boquiabierto y mi primer pensamiento es: “¿Dónde va? ¿Se vuelve a casa?”. Solo entiendo lo que pasa cuando se detiene, se gira y suelta: “¡Pues no lo encuentro!”. Y Serafín le contesta: “¡Cómo no lo vas a encontrar! Si el pedal es algo enorme y se te ha caído hace nada...”.

No puedo contener una carcajada. Alfonso se gira y me escruta descompuesto en busca de una respuesta a mi ataque de risa. Seguro que a él no le hace ni puñetera gracia, pero es que el pedal en sí lo lleva clavado en el pie, con eje y todo. Él no lo nota porque el terreno por el que anda es tan arenoso que se hunde bajo sus pasos. Al final nos reímos todos.

Reparada la avería y recuperados de los nervios, reemprendemos la marcha.



La etapa es un trámite, sí, pero menudo trámite. No pasa ni una brizna de aire. Es la calma chicha total de mediodía. Nos quedan solo 35 kilómetros. El camino parece mejorar, pero restan unos metros de ascensión al punto más alto de la etapa. Luego todo será bajada, que se nos antoja rápida, rapidísima. Ya soñamos con llegar al campamento, comer algo, beber algo fresquito, ponernos a la sombra con las piernas en alto...

Entonces ocurre un nuevo incidente. “El pedal otra vez”, grita Alfonso. Esta vez no se baja de la bici a buscarlo. Está clavado al zapato, pero esta vez es distinto. No se ha aflojado la rosca. Se ha partido la unión entre el pedal y su eje. Lo intentamos roscar, pero no es posible. “Joer qué fuerte pedaleáis, chicos, no había visto romperse un pedal nuevo en tan pocos kilómetros...”.

No se me ocurre nada mejor, así que habrá que pedirle a Alfonso que pedalee apoyando el pie sobre el eje desnudo, tal y como hacen muchos niños que van en bicicleta por los pueblos del Atlas.

Pese a las dificultades, avanzamos con los dedos cruzados para que no se rompa nada más y para que nadie se haga daño. Hay que llegar a meta como sea. Lo conseguimos a las 8 horas de la salida, exactamente a las 3 de la tarde. Los más rápidos nos han sacado varias horas, pero no perdemos el sentido del humor y sostenemos que “hemos llegado a la hora de los señores, cuando la mesa ya está servida”.


En la foto, Raúl Hernández de Doctore Bike con las manos en la masa y Peio Ruíz Cabestany supervisando atento el transplante de bielas del tandem.

Lo malo va a ser esta tarde, pues el tandem necesita pasar por quirófano y Ernesto no está hoy de guardia. Habrá que ir al hospital de pago. Por suerte, Raúl, de Doctore Bike, se apiada de nosotros y nos monta unas bielas, eje de pedalier y pedales nuevos en un periquete. Peio Ruíz Cabestany también aporta su granito de arena: mientras Raúl aprieta tornillos con las manos llenas de grasa, el de San Sebastián acaricia el manillar del tandem, como el enfermero que acompaña al herido tras una batalla. Está claro que somos un equipo. Cada día más numeroso.